jueves, 25 de abril de 2013

CARTA A MI HIJO

Querido Nadie: Has de perdonarme esta vez; hoy esta carta no es para ti, esta vez tiene destinatario y un nombre: es para mi hijo. Quizá porque hoy cumple treinta años, y las cifras redondas, esas que indican un cambio de década, siempre significan algo más en nuestras vidas. Y quizá lo estoy enfocando mal; en realidad no es una carta para mi hijo, sino una carta para ti, Nadie, pero en la que te hablaré de mi hijo. ¿Sabes? Nadie nos prepara para ser padres; de repente después de doce horas de arduo trabajo, de respiraciones, lamentos de boca hacia dentro porque quejarse en presencia de extraños me ha dado siempre mucho pudor, hete aquí que me ponen en los brazos a un bulto ensangrentado todavía que con los ojos cerrados agita los puños como pidiéndome explicaciones de qué demonios hace aquí y por qué o para qué ha llegado. Y no sé que decirle. Si he de ser sincera no puedo pretender adornar ese momento con cosas que no recuerdo haber sentido. Lo primero que me viene a la memoria es el alivio. Alivio de haber terminado y de poder descansar, al menos un poco. Y también alivio de saber que el bulto sangrante y berreante tenía cinco dedos en cada mano y en cada pie y los pulmones en pleno estado de revista, además de poca paciencia y mucho mal genio. Vaya, había salido tanto a su madre como a su padre, justo es reconocerlo. Creo que no fue hasta las cinco de la tarde de ese primer día, cuando me dejaron sola una media hora, sin las cariñosas interferencias de toda la familia, cuando pude coger a mi hijo en brazos con tranquilidad, y los dos solos nos miramos a los ojos. Bueno, yo le miré, dudo que él pudiese todavia enfocar muy bien la mirada. Pero si que mis ojos se reflejaron en los suyos y entonces sentí que aquel bultito de carne palpitante era mío, pero no era yo. Había salido de mi cuerpo, le había alimentado con mi sangre nueve meses, pero era una persona independiente y tendría su vida, sus penas, sus alegrías, sus pesares, sus fracasos y sus éxitos. Y fue entonces cuando me asusté de verdad y lloré con un llanto profundo y sin lágrimas; el que sale directo del alma. Porque me di cuenta de que yo podría protegerle durante muy poco tiempo y no de todo. Llegaría un momento en que ese cordón umbilical que acababa de empezar a romperse, se rompería del todo, como era deseable que fuese, y poco podría hacer yo por guardarle del mundo en el que tendría que vivir. No sé si he sido buena madre, sospecho que no del todo. Pero cuando le miro, veo a un hombre con muchos defectos y algunas virtudes, entre ellas la honradez, la honestidad. Y me doy por satisfecha. Siempre he celebrado con alegría los cumpleaños de mis hijos, de los dos. El de mi hijo mayor desde hace tres años y por razones que ahora no vienen al caso, lo celebro con doble alegría. Que sean muchos, muchos más, y que los últimos de su vida los celebre ya sin mi, aunque bien podría el bandido acordarse de su madre y de su padre.

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